Sila y el Duende

Esta es la historia de Sila (por Amira A.)

“¡Pssst!” escuché un día al cruzar la calle. Venía de prisa ya que un perro me había visto y me había dado su cara de, “córrele porque si te atrapo…” y bueno me solté a correr. El problema es que no tengo piernas así que eso de “correr” se complica un poco. Pero bueno, uno no se queda a discutir detalles irrelevantes con un monstruo así que me fui de volada (que también viene siendo una expresión algo impertinente ya que tampoco tengo alas). En fin, logré cruzar la calle cuando el silbido me llamo la atención.

“¿Quién anda ahí?” pregunté al asomarme por un arbusto. Gran sorpresa la mía al encontrarme cara a cara con un duende ataviado de payaso. Mi cara debió haber registrado mi gran asombro tal que el pobre duende se fue a esconder detrás de unas plantas. “¿Qué haces?” le pregunte al duende. Lo único que se alcanzaba ver eran sus enormes zapatos de payaso que se asomaban por debajo de las hojas de la planta. De hecho, parecía que la planta estaba estrenando zapatos nuevos. “¿Porqué te escondes?”  le pregunte. El duende no me respondió así que me acerque un poco más a la planta. “Me llamo Sila,” le dije a la planta, “¿y tú?” “Gughi” “¿Gughi?” “Guffi” “¿Guffi?” El duende se asomó un instante y grito, “¡Guzzi!” “Ah, Guzzi. Bueno. Hola Guzzi. ¿Qué haces detrás de la planta?” Guzzi se volvió a asomar, “estoy escondido.” “Si, eso veo,” le dije, “pero, ¿porqué?” Por arriba de la planta salió la cabeza de Guzzi, “se ríen de mi.” “¿Quiénes?” Me di la vuelta para ver si acaso había alguien que no había yo percatado. “Pero si no hay nadie aquí,” le dije a Guzzi. Nada. Después de un rato, me cansé de estar parada, así que decidí irme a sentar.

Había una repisa de piedra muy bonita cerca de la planta de Guzzi que tenía vista perfecta a un árbol en plena flor y al perro- monstruo maldito. Me esperé un buen rato y finalmente Guzzi salió de su escondite. Se vino a sentar conmigo. “Siempre se ríen,” dijo con cara muy triste. “¿Quiénes?” le volví a preguntar. “Todos, los niños, sus padres, sus amigos, todos.” “Todos, ¿quiénes?” “Pues todos los que me ven,” dijo Guzzi y se soltó a llorar. “Pero Guzzi… ¡mirate! Estas vestido como payaso.” “¿Y eso que tiene que ver?” “Bueno… ¿porqué estas vestido de esa manera?” Guzzi se paró y muy indignado me dijo, “me gustan los colores brillantes, me hacen sentirme feliz… y me gustan los estampados de esta camisa y ¡mira las hermosas rayas de estos pantalones! … y ¿viste estos zapatos tan hermosos?” “Si los vi, Guzzi, están hermosos.” “Pero siempre que me los pongo, la gente se ríe.” Una lágrima solitaria marcaba la infinita tristeza del pequeño duende. “Guzzi, ¡pareces payaso!” “¡¿Tú también te vas a reír de mi?!” “No… lo que pasa es que la gente piensa que eres un payaso y por eso se ríen. Al igual que a ti te da alegría vestirte de esta manera, a ellos les da gusto verte. No se ríen porque te están criticando, se ríen porque les has dado algo que les alegra.” “¿Es cierto?” “¡Si, claro!” “Bueno, en ese caso, no hay de que llorar.” Y con eso, Guzzi se volvió a parar y se echo a correr… y yo también porque ese perro maldito me había olfateado y venía hacia mí sin compasión alguna.

… y la historia continua.

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Sila (IL128) fué pintada por Karla V. y adoptada en IL. Si te interesa continuar esta historia, mandanos un correo.

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